• COVID-19 y VIH

Cinco razones del fracaso comunicacional en la respuesta al COVID19

Por Javier Hourcade Bellocq - @Covid19VIH @corresponsalVIH #fakenews #infodemia

1. La pobre calidad de la comunicación sanitaria:


La respuesta al COVID-19 dejó en evidencias las grandes falencias de la comunicación para la salud, sumado al poco valor que los que gobiernan y gestionan y la comunidad científica le dan a la disciplina. Quizás como los políticos logran sus cargos en la gestión de gobierno comunicando y los expertos científicos alcanzan su reputación con una extensa lista de publicaciones técnicas, le da esa falsa seguridad de comunicar con eficacia. Los altos funcionarios de cargos electivos han alcanzado dichas funciones publicas con el apoyo de un equipo de comunicación de campaña. El muy pobre desempeño en las conferencias de prensa y anuncios públicos durante la gestión demuestran que han dejado emplear especialista en la materia cuándo mas necesita comunicar con claridad y especificidad para lograr o reforzar, por ejemplo, un comportamiento. Ya no buscan el apoyo de los profesionales de la comunicación, profesión que lo ayudó significativamente a lograr su cargo. Esto genera en la narrativa gubernamental errores, imprecisiones, inferencias e incluso conflictos entre naciones. Los profesionales de salud e investigadores, en el mejor de los casos son grandes comunicadores de información científica, “Pastores que predican para el coro”. Pero no necesariamente buenos a la hora de comunicarse con el resto de los mortales en forma clara, sencilla, sensible y con lenguaje inclusivo. Cualquiera que haya estado en una conferencia científica sabe que aún dentro de cada credo, son muy pocos los buenos expositores. El resto se dejan seducir rápidamente por cientos de diapositivas de Power Point con tablas que no se leen ni pegando la nariz a la pantalla. En ambos casos, hay excepciones y tenemos algunos grandes comunicadores, solo que nunca alcanzarán a responder a las necesidades excepcionales de una pandemia. La autoridad nacional sanitaria, el Ministerio o Secretaria de Salud, tiene la obligación de conformar un equipo de comunicaciones especializado en crisis sanitarias, que revise exhaustivamente todas las piezas, contenidos y formas, en particular por efecto en el comportamiento que tendrán sobre las audiencias, tanto lo que digan como lo que hagan.

2. La imperdonable cobertura de los medios de comunicación social:


Si uno recorre la trayectoria de la cobertura de la Pandemia por COVID-19 en los medios de comunicación tradicionales, encuentra el origen y la fuente de la desinformación. Los medios de comunicación, por criterio de oportunidad, han elegido cuándo el nuevo Coronavirus se transformó en noticia, cuándo lo transformaron en la única noticia y cuándo lo dejan diluirse. Demasiada responsabilidad para un sector clave, cada vez más en manos de empresas privadas monopólicas. Es tan dañino la frenética y apocalíptica cobertura que satura, como su espontánea depriorización. Pues, aunque el comunicador se asuma como una parte clave de las soluciones a tan compleja epidemia, el tratamiento que le dará a la noticia esta basada en las respuestas e intereses de las audiencias, y no en lo que necesita la respuesta a la pandemia. En muchos países de América Latina, que hoy atraviesan la peor parte de la pandemia, con curvas de personas diagnosticadas y fallecidas en ascenso, la mayoría de los medios de comunicación han decidido “que la cosa ha mejorado”, reforzando junto a los políticos la peligrosa idea que la crisis terminó. En la apoteosis de la maníaca cobertura mediática, se han visto forzados a llenar toda la grilla televisiva con noticias sobre la pandemia. Para lograr esto han utilizado los mismos recursos: paneles de personas y profesionales sin un adecuado conocimiento de los temas, la exposición de las personas afectadas como objeto testimonial, charlatanes, curanderos y noticias del exterior poco relevantes en el ámbito local. Más allá de la afinidad política del medio, la búsqueda de politizar la pandemia es un recurso que colabora con llenar horas de televisión. La mayoría de los periodistas y conductores de programas de radio y televisión no se auto perciben como agentes facilitadores de los mensajes preventivos y no asumen su responsabilidad ética y profesional de colaborar con información clara y accesible.


3. La politización partidaria de la pandemia


Hay una relación inversamente proporcional entre la calidad de la respuesta a la pandemia y la politización partidaria. Los países que tuvieron una pobre respuesta a la pandemia fueron el campo fértil para el uso y abuso de esta con motivos partidarios. En muchos casos fueron políticos quiénes controlaron la narrativa en lugar de hacerlo los científicos y los comunicadores. Alejándose de un discurso basado en los hechos y evidencias de la ciencia para coquetear con mitos y noticias falsas. No cabe duda de que muchos jefes de estado y sus plataformas políticas son los principales responsables sobre el número desproporcionado de perdidas en vidas humanas y económicas respecto de otros países mejor gobernados. La respuesta a una crisis sanitaria no es partidaria sino corresponde al Poder Ejecutivo liderarla. Pero apoyar la respuesta es una responsabilidad compartida con todos los partidos políticos. Aquello que no se hizo en los gobiernos anteriores al que enfrente la crisis es materia de dos ámbitos: 1.- el electoral, los ciudadanos podrán castigar el mal o buen gobierno en las elecciones presidenciales y legislativas, y 2.- el judicial, pues el accionar ilegal y corrupto de cualquier administración debe ser debatido en el sistema judicial, pero no ser utilizado como la dialéctica para comunicar en crisis. Los políticos, como los panelistas de rumores del espectáculo, se consideran poseedores de los conocimientos suficientes para opinar, pronosticar y debatir cuestiones científicas y sanitarias, en la mayoría de las veces tentados por un conductor o entrevistador hambriento de contenidos.


4. Comunicando las medidas preventivas y los directrices


Si coincidimos en la noción que los profesionales de la salud y funcionarios no son necesariamente comunicadores, sumado a la pobreza de la cobertura mediática, podemos afirmar que la población esta siendo sobreexpuesta a información compleja, contradictoria, e inteligible. Con el COVID-19 hemos adoptado el uso y abuso de términos como: fases y protocolos. Cada país y dentro de muchos de ellos cada territorio tiene su propio esquema de fases. Etapas de la pandemia que debieran reunir en forma clara y univoca una serie de medidas para contener al virus y proteger a la ciudadanía. Las pocas personas “de a pie” que conocen en el territorio que habitan en qué fase está, tienen un conocimiento totalmente heterogéneo sobre lo que se puede o no se puede hacer en cada fase. Siquiera la mayoría de los funcionarios, empresarios y comerciantes comprenden cuáles son las excepciones de cada fase, momento del ciclo de la pandemia a la que se suma decenas de diversos protocolos. Los gobiernos han tratado con mayor o menor éxito definir cuáles son los pasos, medidas y ajustes que se deben incluir en cada etapa y por actividad para asegurar el distanciamiento social. Sin embargo, uno lee los protocolos para comercios, oficios y actividades, y en muchos casos se exigen medidas inútiles, pero se omiten otras vitales. De poco sirve tener un protocolo distinto para cada tipo de industria, empresa de servicios y comercio, si el “cuello de botella” es el transporte público que emplean los trabajadores. En muchos países para gestionar la circulación de personas, han intentado todos los abordajes del tipo “pico y placa”, como por ejemplo días y horas de circulación por género, número del documento nacional, número par o impar, horarios por bandas etarias, etc. Tampoco, es viable el control de su cumplimiento sino se logra una sensibilización del cuidado comunitario, propio y del prójimo -yo existo porque tu existes- que tan bien encarna el uso del tapaboca y el distanciamiento social. La gente confundida comete infracciones y se expone. Todo lo que necesitamos que la ciudadanía conozca es simple de comunicar y se denominan instrucciones básicas, casi con la sencillez del rojo-amarrillo-verde de un semáforo y bajo margen para la opinión. Las acciones y omisiones de los individuos tiene un fuerte impacto en la salud, por ello las indicaciones deben simplificarse y alinearse para lograr su fácil comprensión y pregnancia.


5. La gestión de los rumores y las noticias falsas en tiempo de una infodemia

Si sólo comunicáramos con claridad lo que conocemos del con certeza del COVID-19, bastaría una hora de radio y televisión, una página de un periódico o un articulo en la web. Tenemos una muy nutrida parafernalia alrededor de la cobertura de la pandemia que nos permite hacer mucho ruido y evadir la realidad que sabemos muy poco, y ese poco es bastante preciso y basado en evidencias. Todo los demás son vaticinios, predicciones, pronósticos, inferencias, hipótesis, rumores, ideas conspirativas, etc. Esta es la primera gran pandemia que sucede en la era de las redes sociales en estado pleno y con un mayor grado de influencia e impacto. Estas tienen mucha mas audiencia, contenidos sin jerarquías e inmediatez que ningún otro grupo de herramientas de comunicación jamás utilizadas. Aun cuando se sabe que se han empleado en torcer resultados electorales, la realidad es que nadie tiene control sobre contenidos de las redes sociales y los medios digitales. Además, en un momento dónde las personas, los públicos, no sólo consumen información, sino que la producen y diseminan viralmente. La información que transitan las redes puede ser sumamente banal como salvar vidas, por ejemplo, como vemos con el fenómeno pernicioso del movimiento anti-vacunas. Las redes son la mejor caja de resonancia para todas las teorías conspirativas posibles. No se sabe aún como gestionar eficazmente la proliferación de los rumores, las falsas noticias y otras formas de desinformación. En general, la clase política y empresaria le temen, los científicos la subestiman y los comunicadores la sobreestiman. Los rumores y noticias falsas se alimentan y replican exponencialmente ocupando el lugar dejado por el silencio, por la no intervención. Actuar proactivamente frente a las noticias falas en no es imposible, y para ello se necesita el aporte de los comunicadores especialistas.

El COVID-19 y su manejo comunicacional, es como un piso mojado, una persona que se resbale puede sufrir heridas de diversa gravedad, no sería un accidente sino un incidente que se puede prevenir con un claro cartel de advertencia.




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